lunes, 14 de enero de 2013

La Unión Soviética en la Guerra Civil Española.


La Unión Soviética en la Guerra Civil Española
Por Ronald Radosh, Mary R.Habeck y Gregory Sevostianov
(Yale, 537 pp, $35)
Reseña de David Pryce-Jones
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A sus contemporáneos, la Guerra Civil Española les pareció una lucha épica, casi bíblica, entre el comunismo y el Fascismo, es decir, entre el bien y el mal. Y para la mayoría de los contemporáneos, el resultado fue desastroso: La victoria fascista significó que no había posibilidades de poner en práctica el comunismo en Europa occidental, y que tampoco las había de detener a Hitler. Desde entonces, los comunistas y sus partidarios han alegado que fueron los únicos que hicieron un esfuerzo serio por impedir la próxima guerra mundial. Es posible que los comunistas hayan hecho cosas malas en otras partes, pero en España su causa fue pura hasta el romanticismo. Como resultado de  muchas historias y memorias, esa sigue siendo, hasta el día de hoy, la opinión generalmente aceptada.

España Traicionada es una formidable demolición de ese mito. Consiste en una colección de 81 documentos previamente inéditos de los Archivos Militares del Estado Ruso, todos ellos informes de agentes y asesores soviéticos en el terreno durante la guerra civil. El material es especializado, seguro, un recuento de acontecimientos políticos y militares diarios, algunas veces en minucioso detalle, pero los editores lo colocan todo en contexto con breves y atinados comentarios. Uno de ellos, Ronald Radosh, es un antiguo comunista cuyo tío luchó en España. En algunos escritos recientes, incluyendo una autobiografía, Radosh ha estado ajustando cuentas con sus previos y desastrosos errores políticos. Este libro es otro paso en ese proceso. Los otros dos editores son académicos: Mary R. Habeck de Yale y Grigory Sevostianov del Instituto de Historia Universal de Moscú.

De una forma o de otra, esos documentos pasaron por la Comintern, el buró en Moscú que dirigía las operaciones soviéticas en el exterior para Stalin. La Comintern podía recurrir a los servicios de sus propios operativos; de la policía secreta, posteriormente llamada la KGB, de la inteligencia militar o el GRU, y de los partidos comunistas de Europa. En su conjunto, esos documentos muestran como Stalin trató de convertir a España en un satélite soviético. De haber triunfado, hubiera extendido el alcance comunista y hubiera rodeado a Alemania y a Francia.

España, pobre y atrasada a principios del siglo XX era una monarquía fallida con una historia de golpes de estado y ineficientes regímenes parlamentarios. En los años 30, la derecha conservadora enfrentó una frente izquierdista de comunistas, socialistas y anarquistas, generalmente clasificados como republicanos, incapaces de ponerse de acuerdo pero promoviendo, con creciente intolerancia, su particular tipo de revolución. España era el único país del mundo con un movimiento anarquista de masas – los discípulos de Bakunin, el implacable enemigo de Marx. Improbable como era, la Izquierda formó una coalición bajo Francisco Largo Caballero, un veterano sindicalista socialista conocido como el Lenin español. A principios de 1936, el Frente Popular llegó al poder mediante elecciones. Ese verano, el asesinato del líder conservador José Calvo Sotelo coincidió con un alzamiento militar de los llamados nacionalistas bajo Francisco Franco, un oscuro general al mando de tropas españolas y marroquíes. Atrocidades cometidas por ambas partes inflamaron las pasiones hasta el punto de hacer imposible cualquier compromiso.

Renuentes a apoyar a ninguna de las partes, Gran Bretaña y Francia no intervinieron. Fue una decisión correcta tomada por razones equivocadas. Era parte de una política general de apaciguamiento de los dictadores que estaba creando un vacío político en Europa. Conscientes de su propia debilidad, ambos lados pidieron ayuda a los dictadores: los republicanos a Stalin y los nacionalistas a Hitler y Mussolini. Los dictadores respondieron tratando de llenar el vacío político. La guerra civil tomó entonces el carácter internacional de una lucha entre ideologías rivales.

La distribución de fuerzas estimuló la ilusión colectiva de tantos intelectuales de los años 30, entre los que el comunismo había arraigado con el fervor de una religión mesiánica. Todo tipo de celebridades, científicos con Premios Nobel, escritores y filósofos, se unieron para elogiar a Stalin y la Unión Soviética. Naturalmente, gente bien intencionada se sentía inclinada a creer que tantos destacados pensadores y artistas debían de tener razón, y que el comunismo representaba el progreso. Los intelectuales peregrinaban a España. Ayudaban mediante fervorosos testimonios en formas de novelas, reportajes o películas. Los más modestos manejaban ambulancias y servían como enfermeras. Unos 50,000 hombres de una docena de países se inscribieron como voluntarios para luchar en las Brigadas Internacionales. Era toda una Cruzada.

La revolución, y sus imágenes de trabajadores armados viajando en camiones, parecía irradiar poderes invisibles. Las batallas de Madrid y Brunete, Teruel y la caída de Málaga parecían las etapas de una vía dolorosa. Iconos legendarios incluyeron la Guernica de Picasso, el cuadro más famoso del siglo, y la foto de Robert Capa de un soldado en el mismo momento de caer por la causa, brazos abiertos como en una crucifixión.

Uno de los más furiosos y efectivos panfletos nunca publicado fue “Los Autores Toman Partido en la Guerra Civil Española’’, en el que 127 distinguidos intelectuales se declararon pro-comunistas, 16 neutrales (incluyendo a T.S Eliot, Ezra Pound y H.G. Wells) mientras sólo cinco disentían (uno de ellos fue Evelyn Waugh). En uno de los poemas más celebrados del siglo, W.H.Auden escribió una famosa línea: “La aceptación consciente de la culpa en el asesinato necesario,’’ que ilustra claramente a que abismos podían llevar las ilusiones sobre el comunismo a un hombre de tanto talento. George Orwell iba a responder que sólo podía haber sido escrito por alguien que no estaba presente cuando se apretaba el gatillo.

Para 1936, Stalin estaba presidiendo una masiva campaña de asesinatos. Evidentemente, Hitler era otro ambicioso y siniestro criminal pero la suposición de que sólo los comunistas podían enfrentar con éxito al nazismo era un elemento central a la simplificación de la Guerra Civil Española como una lucha apocalíptica entre el Bien y el Mal. La ecuación era falsa. Lejos de representar los polos opuestos del espectro político, ambos dictadores era idénticos en su inhumanidad.

En gran medida, los historiadores profesionales han acostumbrado mantener que Stalin era sinceramente antifascista pero cautelosamente dedicado a un acto de equilibrio, enviando suficiente ayuda al Frente Popular para garantizar que no perdiera, pero o tanto como para que pudiera ganar y, por consiguiente, provocar a Hitler a una confrontación total. Sin embargo, historiadores modernos han mostrado que, durante todo el tiempo, Stalin estaba sondeando a Hitler para ponerse de acuerdo en una división de esferas de influencia, como se consiguió brevemente en el pacto Nazi-Soviético de 1939. También ha quedado claro que Stalin se llevó las reservas de oro del gobierno español para salvaguardarlas pero que cobró las armas que suministró y que, al imponer una tasa de cambio que era más del doble de la oficial, le estafó cientos de millones de dólares a sus supuestos aliados.

Inicialmente, la Comintern  utilizó al dirigente comunista argentino Vittorio Codovila como su principal representante en España. A mediados de 1973,fue sustituido por Palmiro Togliatti, el secretario general del Partido Comunista Italiano, cuyos informes son particularmente sutiles. Otro representante del Comintern con responsabilidades especiales por las Brigadas Internacionales fue el francés Andre Marty, conocido como el “carnicero de Albacete’’ y celebrado por Ernest Hemingway en Por Quien Doblan las Campanas por su indiscriminado uso del terror contra amigos y enemigos por igual. También reportaban a la Comintern un amplio grupo de embajadores, cónsules, comisarios y asesores militares soviéticos que tenían que trabajar dentro del contexto del Gran Terror de Stalin. Muchos de ellos fueron convocados a Moscú y ejecutados sumariamente.

Uno de los documentos más fascinantes es un informe fechado diciembre de 1937. Tiene más de 70 páginas y está escrito pro Manfred Stern, un comandante de brigada más conocido por el seudónimo de General Emilio Kléber. Stern/Kébler describe las constantes discusiones, intrigas y celos entre sus colegas soviéticos, los comunistas españoles y las Brigadas Internacionales que condenaron su desempeño en el terreno. Tratando de justificarse a si mismo en minucioso y a veces ficticio detalle, estaba, en realidad, luchando por su vida. Fue denunciado poco después por uno de sus jefes como un enemigo del pueblo, y él también desapareció para siempre.

En su mayoría, esos hombres eran sumamente calificados y algunas tenían verdaderos talentos políticos. Parecen haber comprendido desde muy temprano que era muy improbable que los comunistas pudieran ganar pero tenían que envolver ese mensaje para Stalin en un cuidadoso y precavido lenguaje marxista. Atisbar de vez en cuando en correspondencia privada es sentirse abrumado por el servilismo con que presentaban o retorcían los hechos para que Stalin oyera lo que quería oír, y por la increíble discrepancia entre lo que Stalin estaba realmente haciendo y lo que los peregrinos pro-comunistas se imaginaban que hacía.

También Stalin comprendió rápidamente que Largo Caballero no era ningún Lenin español. Testarudo e intransigente, Caballero tenía que retirarse. No sólo era inefectivo como dirigente de la guerra sino que ni siquiera podía controlar a los anarquistas. El objetivo de estos era la revolución, que consideraban indispensable para poder ganar la guerra. Pero la revolución anarquista amenazaba enfrentar a Stalin con Hitler. Stalin necesitaba un pretexto para liquidarlos y en documentos incluidos en el libro que se remontan a la primera parte de 1937, sus asesores le proporcionaron uno. Para ser un trotskista, como Trotsky y otros rivales de Stalin había aprendido, era una sentencia de muerte garantizada. Los asesores elaboraron la absurda acusación de que  anarquistas y trotskistas eran lo mismo.

Estos documentos también muestran con que habilidad los agentes de la Comintern manipularon la salida de Largo Caballero en 1937 y lo sustituyeron con Juan Negrín, un oscuro profesor de fisiología, y delator estalinista. Se crearon así las condiciones para desencadenar los acontecimientos más terribles de la Guerra Civil, empezando aquel mismo mayo en Barcelona, donde los comunistas se volvieron contra los anarquistas y los masacraron. Los comunistas siempre han culpado a los anarquistas por eso, pero los documentos de ese mes, particularmente el documento 44, un informe del frente por un agente llamado Goratsy afirman que los comunistas “tenían un odio terrible contra los anarquistas – mayor que hacia los fascistas” y estaba a favor de “un ajuste de cuentas final” con ellos. Los editores le dan gran importancia a este documento.

El líder anarquista Andrés Nin fue asesinado, y se hizo aparecer que el crimen había sido cometido por agentes alemanes. Andre Marty mantuvo ocupados sus pelotones de fusilamiento y miembros de las brigadas internacionales estuvieron entre sus víctimas. George Orwell había estado en el frente con los anarquistas. Allí recibió un disparo que le atravesó el cuello. Por estar recuperándose en Barcelona, logró escapar de la masacre comunista, y en Homenaje a Cataluña describió como los comunistas habían demostrado aquí ser iguales a los nazis. Como resultado, le fue casi imposible encontrar un editor y en los círculos literarios se convirtió en una no-persona. Tras la matanza de Barcelona, Negrín y los soviéticos dirigieron una policía estatal muy parecida a la KGB con denuncias, torturas y más disparos en la nuca para los desobedientes.

Al traicionar a sus compañeros de lucha, Stalin frustró la revolución en España. En ese paradójico sentido, los comunistas tuvieron un efecto conservador. No menos paradójicamente, la victoria de Franco bien pudiera haber salvado a Gran Bretaña en 1940. Tras la caída de Francia, Hitler quería mandar tropas a capturar Gibraltar y el Mediterráneo. Sin el petróleo del Medio Oriente, Gran Bretaña no hubiera podido resistir. Pero Franco rehusó darle paso al ejército alemán, y Hitler no pudo hacer nada. No hubiera tenido tantos escrúpulos con una España comunista, especialmente en una época en que tenía un pacto con Stalin.

Para los soviéticos, España fue un laboratorio para experimentar con la política imperialista que iba a utilizar posteriormente en la Europa del este y, mucho más allá, en Chile, Nicaragua y Etiopía. En términos de estrategia, aprendieron que la presencia del Ejército Rojo era decisiva para apoderarse de los países contra su voluntad. En términos de táctica, aprendieron a exilar o asesinar a sus adversarios rápidamente, y luego captar izquierdistas del tipo de Negrín en coaliciones temporales para conseguir una fachada de “amplitud” y legitimidad democrática. España fue el prototipo de la  “democracia popular” que se instaló en los satélites de todo el imperio soviético después de la II Guerra Mundial.

Franco permaneció como un paria político hasta el final de sus días. Su régimen, desagradable pero más bien benévolo si se mide por los estándares de los regímenes autoritarios, fue considerado como igual al de Hitler. Felices de poder visitar Moscú, los liberales americanos subrayaban su boicot a España.  Perpetuando el mito comunista derivado de la Guerra Civil española, lo extendieron a otros países en otras épocas. Cada vez que los soviéticos o los comunistas locales conquistaban algún nuevo territorio, conseguían el invariable apoyo de los intelectuales que seguían afirmando que el robo y el asesinato, a nombre de la justicia social, eran progresistas. Halagados por verse a si mismos como cruzados de esa justicia social, se engañan a sí mismos. El status de los intelectuales todavía no se ha recobrado. Es un fenómeno alucinante.

España Traicionada  es una importante contribución  a la historia contemporánea. Su información va a penetrar, lenta pero seguramente, en la historiografía ayudando a restablecer el respeto por el intelecto y por la verdad. Debería de ser imposible alegar que el comunismo en España era una causa noble. Aunque quizás sea esperar demasiado.

Traducción: AR
El gran estadista

Un obstáculo se presenta al biógrafo de un hombre de Estado: el hecho de que no es fácil evaluar la vida y la obra de estadistas antes de su muerte. En el caso particular del Generalísimo Francisco Franco, quizás sea algo más fácil en el sentido de que sobrevivió a la época más controvertida de su carrera -la guerra civil de España- en casi cuarenta años.

Escribí mi biografía de Franco durante los años 1965-67. En 1966 me instalé en Madrid con mi esposa y dos de mis hijas. Es decir, que me beneficié del hecho de que se había terminado la guerra civil casi veinte años antes -bastante tiempo para tener una perspectiva-. Ahora, como todos los colaboradores de este número de Razón Española, me beneficio de una perspectiva aún mayor, puesto que Franco murió hace veinticinco años.

A mi juicio, en el cuadro internacional y con el fracaso del sistema comunista, claro es que la victoria de los nacionalistas y de su líder, Franco, en la guerra civil era una contribución de mayor importancia no sólo para la victoria de la alianza occidental en la II Guerra Mundial, sino también para el colapso del sistema comunista en el imperio europeo de la URSS.

El mejor método para analizar esos acontecimientos es considerar lo que hubiera podido acontecer en el caso contrario. Imaginemos la situación en Europa occidental en el supuesto de una victoria republicana en España. En mayo de 1937, cuando cayó el gobierno de Largo Caballero, el Partido Comunista casi dominó el nuevo gabinete del socialista Juan Negrín, quien se mostró dispuesto a servir los intereses de la Unión Soviética y lo probó al transferir más de la mitad de las reservas españolas de oro -más de 500.000 $- a Moscú. No cabe duda de que, en la eventualidad de una victoria republicana, el gobierno vencedor habría impuesto un régimen comunista. A partir del fin del verano de 1936, no sólo el régimen soviético, sino también destacados personajes de los partidos comunistas europeos (tales como el italiano Togliatti, el francés André Marty, los húngaros Laszlo Rajk y Ernö Gero) ejercieron un gran influjo sobre el gobierno de Madrid.

Me parece probable que, en tal caso, el efecto de un gobierno comunista en España hubiera sido muy importante en países como Francia e Italia. En tal supuesto, también es probable que la influencia de Stalin hubiera crecido de manera muy peligrosa para la Europa occidental. Tal previsión es hipotética. Pero de todos modos no puede negarse que en el caso de una victoria militar de la República se habría multiplicado la influencia de los servicios secretos de la Unión Soviética, su propaganda y sus "medidas activas", especialmente la desinformación, que fue una de las actividades más importantes del aparato subversivo de Stalin. Etc.

Hay que recordar otro elemento importante en la política exterior de Franco: su decisión de no permitir a Hitler que enviara una fuerza militar alemana a España con la misión de liberar Gibraltar del dominio británico y que el ejército alemán se sirviera de la Península Ibérica para alcanzar el norte de África. También el Führer tenía otro objetivo: persuadir a Franco de que se adhiriera a la Triple Alianza de Alemania, Italia y Japón.

La reunión de los dos líderes tuvo lugar en la villa francesa de Hendaya. Ahora bien, Franco calmo y obstinado, se negó a aceptar las propuestas del Führer, a pesar de largas horas de argumentación traducida al castellano por su intérprete. En cuanto a Gibraltar, no se podía ni pensar en que tropas extranjeras llevaran a cabo tal operación porque el orgullo nacional español no lo permitiría; sólo los españoles podrían liberar la Roca. Más tarde, Hitler confió a Mussolini que preferiría que le sacaran tres o cuatro dientes antes que tener que revivir la entrevista de Hendaya.

Cuando Hitler insistió en Gibraltar, afirmó que unidades alemanas en el sur de Francia ya habían ensayado el asalto sobre una réplica exacta de la Roca; se había logrado la perfección y el éxito era seguro. Franco respondió que España estaba hambrienta y necesitaba cientos de miles de toneladas de trigo inmediatamente. ¿Podía Hitler proporcionárselas? Más dificultades: España no disponía apenas de armamento moderno y necesitaba cañones pesados para el asalto a Gibraltar.

En Londres el Primer Ministro británico, Winston Churchill, había conocido con mucho interés los detalles de las conversaciones entre Hitler y Franco y había expresado su deseo de visitar al representante del gobierno nacional en Londres, el Duque de Alba. La reunión tuvo lugar el 9 de diciembre. Churchill explicó por qué había cambiado de posición. Al principio de la guerra de España, había sido pro-Franco y contra los "rojos". Más tarde, teniendo en cuenta las intervenciones de Alemania e Italia, había decidido, "como un buen patriota inglés", que una victoria de los nacionalistas no podría ser de interés para su patria. Más tarde, decidió que se había equivocado y que esperaba tener las mejores relaciones posibles con España. Añadió: "Yo detesto al comunismo tanto como Vd".

Vistas las acusaciones de la prensa izquierdista: ¿era Franco fascista? Enfáticamente, la contestación es ¡No! Los principios fundamentales de Franco eran sencillamente:la patria, la Iglesia y la familia. Dicho esto, Franco se sirvió de la Falange, tal como aprovechó el apoyo de las potencias nazi y fascista y su ayuda militar.

La División Azul, compuesta de voluntarios españoles, participó en la guerra nazi contra la Unión Soviética. En octubre de 1943, en parte bajo presión inglesa, Franco retiró dicha División de Rusia, durante el repliegue final de las fuerzas alemanas.

En la Cámara de los Comunes en Londres, el 25 de mayo de 1944, Winston Churchill elogiaba al Gobierno del General Franco por haberse negado a plegarse a las amenazas y presiones alemanas. Si lo hubiera hecho -dijo-, el Estrecho de Gibraltar habría quedado cerrado, el acceso a Malta cortado, y las costas españolas convertidas en refugio de los submarinos alemanes. Y también los españoles habían contribuido al éxito de la invasión aliada de África del Norte con su amistad y sangre fría en un momento en que "el poder de España para hacernos daño era máximo".

Los aliados de Franco durante la guerra civil -Alemania e Italia- participaron en el desfile militar en Madrid el 19 de mayo de 1939, pero retiraron todas sus fuerzas entre el 20 y el comienzo de junio. No hubo una presencia permanente en España de los ejércitos del Eje.

Retornemos a la Falange. El 30 de enero de 1938, Franco hizo pública su lista de ministros, durante una pausa de la batalla de Teruel. Una lista notable por su equilibrio ideológico. Había algo para todos los grupos integrantes del Movimiento: entre los monárquicos, para los alfonsinos y los carlistas; para las "camisas viejas" de la vieja Falange y para los nuevos falangistas; y también para el Ejército, sostén fundamental del Generalísimo. Dentro de esta lista, lo más importante es examinar sus designaciones dentro de la Falange. Los dos nombramientos más importantes eran los de Ramón Serrano Suñer como ministro de la Gobernación, y el del general conde de Jordana como ministro de Asuntos Extranjeros y vicepresidente del gobierno. Serrano representaba a la nueva Falange, pero estaba flanqueado de falangistas viejos, tales como Raimundo Fernández Cuesta. Este último, relativamente joven a sus cuarenta y un años, había sido amigo de José Antonio, y el Ausente le había nombrado secretario nacional de la Falange en 1934. Ahora se incorporaba al primer gabinete de Franco como ministro de Agricultura. Es decir que, dentro del partido, Fernández Cuesta había adquirido más poder que Serrano Suñer, mientras que este último ocupaba la cartera de Gobernación, mucho más importante que la de Agricultura. Un falangista nuevo, Pedro González Bueno, fue nombrado ministro de los Sindicatos.

Después de la guerra civil, España se encontró aislada en la comunidad internacional y su economía casi paralizada.

En 1957, Franco nombró tres miembros del Opus Dei para posiciones relevantes dentro de su gabinete: Laureano López Rodó, Alberto Ullastres y Mariano Navarro Rubio, respectivamente, en los papeles de secretario general técnico de la Presidencia, ministro de Comercio y ministro de Hacienda. El Opus Dei era una asociación de fieles cuyos miembros eran civiles laicos, dedicados a servir a Dios por medio de su profesión. Los tres gobernantes se dedicaron a un programa de deflación, con créditos escasos y cortes en el gasto público.

A finales de 1958, dos equipos de expertos extranjeros fueron invitados a España: la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Esa combinación de equipos técnicos extranjeros y de tecnócratas españoles se reveló muy efectiva. También Franco estableció una relación cordial con los Estados Unidos, que culminó con la visita oficial del Presidente Eisenhower a Madrid el 21 de diciembre de 1959. A pesar de alguna dificultad, la amistad establecida entre el líder de España y el Presidente norteamericano facilitó la firma de un Acuerdo de ayuda militar estadounidense por un importe de 100 millones de dólares.

Durante este mismo período, Franco se desembarazó poco a poco de sus ministros falangistas. ¡Viva y éxito a los tecnócratas modernos! El 12 de julio de 1962, Franco retiró de su gabinete a tres falangistas, confirmando a Ullastres y a Navarro Rubio como ministros de Comercio y Hacienda, y nombró a otro tecnócrata del Opus Dei, Gregorio López-Bravo, como ministro de Industria. López Rodó lanzó un primer Plan de Desarrollo Económico y Social en 1964. El éxito de la transformación económica era casi increíble. El alza espectacular del turismo fue uno de los signos de dicha transformación. Cuatro o cinco años antes, España había sido un país "chapado a la antigua"; ahora, era socio del club de países modernos.

No tengo la intención de detenerme sobre los errores de Franco, pero hay que recordar un fracaso importante, el hecho de que sus planes para preservar su esquema constitucional tras su muerte no se realizaron. En 1966, su proyecto mayor, la Ley Orgánica del Estado, llegó a ser la Constitución de la España destinada a sobrevivir al Caudillo. De hecho, la historia decidió de otra manera. El referéndum sobre el texto de la Ley de Reforma Política, fechada el 15 de diciembre de 1977, fue adverso. El franquismo sin Franco no se cumplió.

Bajo las Leyes Fundamentales, los partidos políticos, con la única excepción del Movimiento (que, a decir verdad, no era un partido, sino una integración de varios) estaban prohibidos. Después del referéndum todos los partidos políticos podían existir y funcionar. En poco tiempo (si tengo buena memoria) centenares de partidos surgieron en España, legales y activos. Pronto se redujeron a una decena.

Personalmente, me alegro de esta transformación política, que de ninguna manera disminuye los grandes éxitos de Francisco Franco. El 23 de noviembre, tres días después de la muerte de Franco, el Príncipe Juan Carlos de Borbón fue proclamado Rey de España, en presencia del Consejo del Reino y de las Cortes. El Príncipe había llegado al Palacio de las Cortes en el Rolls-Royce del Caudillo. Era el principio del fin del régimen anterior, sucedido por una Monarquía democrática, aceptable para unos y otros. Después de todo, ése era el mensaje del Valle de los Caídos, símbolo de reconciliación nacional entre los combatientes de la guerra civil.

Brian Crozier

ANDREU NIN La apertura de los archivos soviéticos y la guerra civil española


ANDREU NIN   La apertura de los archivos soviéticos y la guerra civil española
Stanley G. Payne
En la vasta bibliografía de la guerra de España de 1936 a 1939, sobre la que se han escrito miles de libros, la cuestión más turbia y controvertida ha sido determinar cuáles fueron exactamente el papel y la política de la Unión Soviética.
Poco después de concluir el conflicto, Walter Krivitsky, el más importante desertor de la NKVD -policía política estalinista- de la época, escribió lo siguiente: «La historia de la intervención soviética sigue siendo el principal misterio de la Guerra Civil española».
Hace apenas tres años, el historiador británico Gerald Howson observó que esta cuestión «ha provocado más preguntas, confusiones y agrias controversias que cualquier otro tema de la historia de la Guerra Civil de España».
La derrota de Alemania e Italia en la II Guerra Mundial, las dos potencias que intervinieron en el bando de Franco, trajo como consecuencia la total apertura de los archivos de estos países, pero el triunfo y la larga vida de la Unión Soviética significaron que hasta los años 90 sus archivos sólo podían ser consultados por el reducido número de historiadores soviéticos considerados afines a la línea del partido, a quienes concedieron un acceso limitado a los fondos.
Por tanto, el papel de los soviéticos en la guerra española continuó siendo motivo de controversia entre los historiadores que sólo podían consultar los archivos de España y de otros países occidentales.
 El velo comenzó a apartarse lentamente tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, cuando los investigadores occidentales pudieron por primera vez acceder directamente a los archivos soviéticos. Las oportunidades fueron mayores a principios y mediados de los años 90. Más recientemente, dado el creciente nacionalismo de la segunda Administración de Yeltsin y del actual Gobierno de Putin, se ha vuelto a restringir a los historiadores extranjeros el acceso a estos documentos.
Los tres fondos que quedaron más disponibles para los especialistas extranjeros fueron los archivos de la Internacional Comunista y del Ejército Rojo, y algunos archivos secundarios relacionados con asuntos culturales.
Los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética y del NKVD/MVD/KGB -los dos últimos, Ministerio del Interior y policía secreta soviética- siempre han sido considerados más confidenciales, sobre todo los de la Presidencia del Gobierno. Sólo un reducido número de historiadores rusos obtuvieron autorización para estudiar el lichny arkhiv Stalina (el archivo personal de Stalin), principalmente a principios de los años 90.

Uno de los proyectos más importantes de esa década reunió a un grupo de historiadores y de expertos políticos de países occidentales en los que la Internacional Comunista había tenido un papel activo, para recabar sistemáticamente los principales documentos de los archivos del Comintern.
En este proyecto España estuvo representada por Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo, quienes ofrecen un importante análisis de la política del Comintern y del PCE en su impresionante estudio Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España. 1919-1939 (1999). Se trata del libro más original publicado en mucho tiempo sobre cualquier aspecto de la Guerra Civil.

Los documentos soviéticos también han sido utilizados para estudiar otros temas.
El historiador británico Gerald Howson publicó en 1998 Arms for Spain: The Untold Story of the Spanish Civil War, que pronto apareció en español Armas para España: la historia no contada de la Guerra Civil española.
Su libro ofrece una amplia descripción de los esfuerzos de la República para obtener armas en el exterior, y utiliza documentos soviéticos recientemente desclasificados para cuantificar el armamento soviético enviado a España, punto que ha sido siempre objeto de muchas conjeturas y polémicas. Si bien esta relación no puede considerarse definitiva, y los datos necesitan ser corroborados por otras investigaciones sistemáticas de los archivos soviéticos, representa sin embargo un gran paso adelante.

Posteriormente se han llevado a cabo otros estudios, entre los que figuran sendas tesis doctorales completadas el año pasado por dos jóvenes especialistas. En Wisconsin, Daniel Kowalsky ha terminado recientemente su tesis The Soviet Union and the Spanish Republic: Diplomatic, Cultural and Military Relations, 1936-1939, estudio de tres importantes aspectos -diplomáticos, culturales y militares- de las relaciones entre la República española y la Unión Soviética para el que se ha empleado una amplia selección de documentos soviéticos, mientras que en Alemania Frank Schauff ha completado por su parte una investigación sobre las relaciones entre el Comintern y España durante la Guerra Civil. Es probable que ambos estudios se publiquen dentro de poco tiempo.

Este verano ha aparecido en Estados Unidos uno de los proyectos más sorprendentes e importantes basados en los archivos soviéticos, Spain Betrayed (España traicionada), la edición de más de 500 páginas de documentos relacionados con la Guerra Civil española.
El libro es una amplia muestra representativa de algunos de los más importantes fondos documentales soviéticos, especialmente de los archivos del Ejército Rojo y del Comintern, aunque también incluye documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores.
La documentación fue fotocopiada de los originales de los antiguos archivos soviéticos a mediados de los años 90 por la joven historiadora de Yale Mary Habeck, y el volumen publicado ha sido coeditado por otro historiador estadounidense, Ronald Radosh, y el renombrado experto y editor ruso Grigory Sivostianov. Juntos han presentado, anotado y contextualizado cuidadosamente las fuentes, proporcionando así por primera vez un amplio panorama documental de la participación soviética en España.

Esta documentación hasta ahora inédita confirma algunas interpretaciones clásicas de la intervención soviética, y también presenta datos que ofrecen una nueva perspectiva sobre una serie de problemas. Se ha dicho con frecuencia, por ejemplo, que el Gobierno de Giral sólo acudió a la Unión Soviética en busca de ayuda militar una vez que Francia anunció su política de no intervención, aunque uno de los primeros documentos presentados en este libro es la primera petición de ayuda que envió Giral a la Unión Soviética con fecha del 25 de julio de 1936, varios días antes del anuncio de la posición francesa.

La política de Stalin en España fue atrevida y cautelosa a la vez. La Unión Soviética había mantenido durante 15 años su propio partido político en España, el PCE, que para 1936, si bien no dejaba de ser una organización relativamente pequeña, había alcanzado por fin una importancia considerable. Aunque el espectro del comunismo atemorizaba a millones de españoles conservadores, en la primavera de 1936 la política soviética había convertido al PCE en el más moderado partido revolucionario de España, al menos en lo concerniente a sus tácticas inmediatas.

La política de los soviéticos y del Comintern buscaba evitar el estallido de una guerra civil, pues eran conscientes de que la situación existente, el monopolio político de la izquierda, les resultaba mucho más útil, y en segundo lugar entendían que una guerra civil en España complicaría inevitablemente la nueva política soviética de seguridad colectiva contra Alemania, cuyo objetivo era obtener el apoyo de Francia y de Gran Bretaña. Transcurrieron dos meses antes de que Stalin decidiera lanzar una gran intervención militar, decisión que no fue ratificada por el Politburó soviético hasta el 29 de septiembre. (El teniente coronel Yuri Rybalkin, historiador ruso especializado en cuestiones militares, ha señalado que el momento en que se tomó esta decisión coincidió con el primer envío de la mayor parte de las reservas de oro del Banco de España, que fueron trasladadas de Madrid a Cartagena, lo que parecía garantizar el pago de la ayuda militar exterior).

El volumen recién publicado contiene una excelente selección de informes de los numerosos asesores militares soviéticos que participaron en el adiestramiento y la dirección del nuevo Ejército Popular de la República. Esta organización, que adoptó como insignias la estrella roja y el saludo con el puño en alto (el rotfront inventado por el Partido Comunista alemán en 1927) y que contó con la participación de los omnipresentes comisarios políticos, pronto adquirió un aspecto soviético. Salvo algunas excepciones, los asesores soviéticos no dieron una buena calificación a los republicanos. Sus informes a Moscú hablan largo y tendido de las divisiones políticas, la indisciplina y la falta de organización del Ejército Popular. También demuestran que en la época de Stalin los oficiales soviéticos intercambiaban la misma retórica que emitían al exterior como propaganda política. Los fracasos republicanos no se consideraban errores humanos, o producto de la inexperiencia, la falta de instrucción militar o la precipitación; en la mayoría de los casos se atribuían siniestramente a la obra de traidores, agentes fascistas y trotskistas.

El libro también ofrece una serie de informes reveladores sobre las Brigadas Internacionales. Los voluntarios extranjeros, comunistas en su mayoría, reclutados en distintos países por el Comintern, gozaron de enorme publicidad y se convirtieron en una de las leyendas más perdurables de la guerra, la del grupo de voluntarios idealistas de todas partes del mundo que lucharon por la democracia y en contra del fascismo. La realidad fue algo distinta. Como ha escrito el novelista estadounidense William Herrick, veterano de la Brigada Abraham Lincoln: «Sí, fuimos a España para combatir el fascismo, pero la democracia no era nuestro objetivo». Los brigadas fueron lanzadas a las más duras batallas, a menudo como fuerza de choque, y sufrieron un excepcional número de bajas.

Los documentos soviéticos revelan que muy pronto, en el verano de 1937, las unidades de voluntarios extranjeros comenzaron a sufrir graves problemas de indisciplina y de baja moral. El idealismo comunista no excluía las graves actitudes racistas de las brigadas hacia los españoles e incluso entre sus mismas filas, lo que daba lugar a intensas fricciones étnicas. Para esta época ya era necesario completar las brigadas con un gran número de reclutas españoles, hasta el punto de que la mayoría de las unidades sólo tenían de internacional el nombre. El desaparecido historiador ruso M. T. Meshcheryakov ya había llamado la atención sobre algunos de estos problemas en un artículo sobre las Brigadas Internacionales publicado en Rusia justo antes de la disolución de la Unión Soviética.

Otros documentos de Spain Betrayed arrojan luz sobre la idea soviética del «nuevo tipo de república democrática» o «república popular», términos con los que bautizaron a la República Española durante la guerra, así como sobre la postura soviética ante la revolución en la zona republicana.

La política comunista hacia otros partidos republicanos, particularmente hacia los anarquistas y el POUM -Partido Obrero de Unificación Marxista-, ya ha sido estudiada a partir de fuentes españolas, pero esta nueva documentación permite un mayor esclarecimiento de las intenciones y los cálculos comunistas, particularmente de los que precedieron los «sucesos de mayo de 1937 en Barcelona».
Casi todos los historiadores están de acuerdo en que la Unión Soviética alcanzó su mayor poder e influencia en España durante los tres gobiernos de Juan Negrín (1937-1939), aunque existe una gran polémica sobre el verdadero alcance de la alianza entre Negrín y los comunistas.
Los documentos presentados en este volumen arrojan suficiente luz sobre la cuestión. Como era de esperar, ponen de manifiesto que los soviéticos estaban bastante satisfechos con la extrema receptividad y cooperación de Negrín.
No obstante, la satisfacción no era total, ya que los asesores del Comintern y de la Unión Soviética se quejaban de que el primer ministro republicano no siempre promovía todas sus iniciativas. Lo criticaban también por ceder a menudo ante su propio partido, el socialista, y por no mostrar interés en tomar personalmente el control del partido ni en forzar su fusión con los comunistas, requisito de la estrategia de la «república popular».

Si bien las intenciones políticas de Negrín no eran de orientación soviética, lo cierto es que tampoco eran democráticas. Los informes soviéticos enviados a finales de 1938 analizan la propuesta de Negrín de crear una especie de frente o «partido único» en la zona republicana y su promesa de que, tras la victoria del bando republicano, no volvería al «parlamentarismo» ni al «libre juego de partidos» de la Segunda República, sino que implantaría un sistema de izquierda totalitario y nacionalizaría la industria.

La intervención soviética fue sorprendentemente rentable. Stalin se apropió de todo el oro español depositado en Moscú como pago por la ayuda soviética, cobrada a un precio excepcionalmente elevado, de modo que el Gobierno soviético obtuvo importantes beneficios en la operación. Poco más de 3.000 militares y efectivos soviéticos prestaron servicio en España, cifra que apenas supera la de los 2.800 ciudadanos estadounidenses que se presentaron como voluntarios en las dos brigadas internacionales norteamericanas. Sólo unos 200 soviéticos murieron en la guerra, mientras que los norteamericanos, que participaron en las más duras batallas, sufrieron un número de bajas al menos tres veces mayor.

No obstante, la política soviética fracasó tanto en el plano nacional español como en el ámbito internacional. Stalin tenía miedo de enviar suficiente ayuda militar para permitir el triunfo del bando republicano, por tanto la incipiente República Popular apenas pudo desarrollarse antes de su defunción. Además, el espectáculo de una intervención armada soviética en Europa Occidental para ayudar a la revolución española habría minado la política de seguridad colectiva de Stalin con respecto a Gran Bretaña y Francia. El dictador que más provecho sacó de la guerra en España no fue Stalin sino Hitler, ya que el objetivo del líder nazi no era tanto contribuir a una rápida victoria de Franco, sino prolongar lo más posible el conflicto español para desviar la atención del desarme y la expansión de Alemania en Europa Central, disuadir a los países democráticos, crear divisiones internas en Francia e involucrar a Mussolini en los planes alemanes. En todos estos aspectos Hitler obtuvo un gran éxito. Más tarde, menos de cinco meses después del final de la guerra española, Hitler y Stalin se pondrían de acuerdo para lanzar el bombazo diplomático del siglo, lo que puso fin a la política «antifascista» soviética.

Los editores de Spain Betrayed han reunido una sorprendente selección de fuentes originales que permitirán el esclarecimiento de la política soviética durante la Guerra Civil, lo que supone un gran avance en la siempre creciente bibliografía del conflicto. Este tesoro de documentos también se pondrá a disposición del lector español el próximo año, cuando la editorial Planeta publique la edición española del libro [1] . El volumen parece destinado a una larga vida como una de las pocas publicaciones indispensables sobre la guerra española, el conflicto civil que se convirtió en uno de las grandes acontecimientos internacionales del siglo pasado.

[1] El libro se ha publicado por Editorial Planeta en septiembre del año 2002 con el título España traicionada (Stalin y la guerra civil española)
España traicionada:

JUAN NEGRIN: El gran estafador


JUAN NEGRIN: El gran estafador
El Mundo, 01/06/1997
Acordó con los soviéticos la entrega del oro del Banco de España.
Desde 1937 estaba, secretamente, intentando pactar con Franco.
De costumbres pantagruélicas, cenaba hasta tres veces.
Belloch entregó 200 millones a su familia en concepto de indemnización.
Lo que Negrín ha conseguido en la historia moderna de España no lo ha conseguido nadie. Robó al Estado, robó al pueblo, mató al Estado, mató al pueblo que servía a ese Estado, traicionó a sus compañeros de partido, Prieto y Largo Caballero, traicionó a su propia propaganda, pregonando la guerra final contra el fascismo mientras trataba de entenderse con él, según las órdenes de Stalin, que no era lo que se dice un demócrata.
Llegó al poder engañando a los suyos.
Pactó con los soviéticos la entrega del oro del Banco de España, entonces la tercera reserva del mundo.
Se llevó todo lo que los revolucionarios robaron de las cajas de seguridad de todos los bancos y cajas de ahorro.
Tras proclamar la resistencia a ultranza contra Franco, Negrín fue incapaz de luchar por un solo metro de Barcelona.
Obligó a Manuel Azaña a un calvario porque no le ofreció más que dos plazas para huir de la Gestapo, abandonando a su gran amigo Rivas Cherif. Azaña no lo abandonó y así murió, de tan mala manera.
Mientras miles de millones de dólares, robados y sin recibo, yacían en bancos suizos o americanos, cientos de miles de españoles casi morían de hambre en las arenas de Argelés y demás campos de concentración franceses, sin que Negrín moviera una peseta para auxiliarles.
Después de haber obligado a millones de compatriotas a luchar «hasta el final» en una guerra perdida, le confesó a Araquistáin, su antiguo amigo del alma, que desde el 37 estaba intentando pactar con Franco, que es lo que les reprochaba a Prieto y Azaña, amén de Besteiro, el derrotista que finalmente dio con Negrín y los comunistas en tierra, aún al precio de entregar el cadáver de la República a Franco.
Vivió como un rajá a costa del erario, no rindió cuentas a nadie del dinero de todos los españoles y, encima, consiguió que sus herederos recibieran un montón de millones de la administración franquista, de la ucedea y de la felipista.
Lo último que hizo Belloch fue entregar unos 200 millones a la familia Negrín en concepto de indemnización. ¡De indemnización al hombre que saqueó el Banco de España y todos y cada uno de los bancos españoles sin devolver jamás un duro y sin dar cuenta de lo robada a nadie!
Reconozcamos que la historia de la picaresca, a veces entreverada con el crimen, estaría incompleta sin Juan Negrín, presidente del gobierno de la República y uno de los mayores embusteros de la historia de España.
Tanto, que algunos historiadores turulatos lo consideran un héroe de la lucha contra la dictadura, a él que fue un dictador de principio a fin. Como gobernante fue nefasto. Como embaucador, estupendo. Fuerza es reconocerlo. Sólo Felipe González le hace sombra.
Lo del crimen asociado al robo como medio de llegar al poder y conservarlo no es fantasía erudita ni interpretación discutible.
Negrín echa del poder a largo Caballero, compañero de partido, porque está dispuesto a hacer lo que el viejo y cabezón estuquista madrileño se negó a hacer en España: un juicio contra el POUM como los de Moscú contra los comunistas de izquierda o simples antiestalinistas.
Largo Caballero cuenta en sus Memorias que el día en que echó de su despacho al embajador soviético perdió el poder, pero que nunca pensó que tendría que tapar las escapadas sexuales de Negrín, siendo ministro de Hacienda, a los cabarés de París y Londres, acompañado habitualmente de dos damas, forma piadosa de llamarlas.
Pero eso pertenece al capítulo de las malversaciones. Lo peor es que aceptase el encarcelamiento y asesinato del jefe del POUM, Andrés Nin, a cambio de ocupar el sillón de primer ministro.
Porque fue su incondicionalidad hacia los soviéticos lo que realmente le dio el poder. Y lo único que queda por averiguar es desde cuándo les era incondicional. Posiblemente desde antes de la guerra, como Julio Alvarez del Vayo, al que ahora se descubre como hombre del Komintern desde 1934, a las órdenes de Willi Munzeerg.
Negrín aceptó el asesinato de Nin y de la plana mayor del POUM, y llegó al extremo, que cuenta Azaña en sus Memorias, de intentar persuadir al presidente republicano de que lo de Nin era cosa de los nazis y no de los soviéticos.
Hizo más: trató de que los jueces condenaran a Gorkín, Andrade y demás jefes vivos del POUM tras permitir que circulase un infame libelo que los trataba de trotskistas y nazis, prologado por Bergamín.
No lo logró, pero fue tanto su empeño que el abogado de los poumistas tuvo que huir de España. ¡Y a esto que hizo Negrín le siguen llamando algunos la legalidad republicana! Cuando la idiocia y la ignorancia se juntan, resultan invencibles.
Hay cosas en la vida que Negrín que, dentro de lo siniestro, resultan pintorescas.
Cuenta Indalecio Prieto que un día llegaron a la conclusión sus espías de que alguien robaba medicamentos (aspirinas) de la mismísima sede del Gobierno. Investigaron y no encontraron ninguna pista, pero comprobaron de modo fehaciente que tubos y tubos de aspirinas desaparecían del despacho del doctor Negrín.
Estaban a punto de detener a una secretaria cuando, un día, entró sin llamar al despacho, creyéndolo vacía, un escribiente y se encontró con don Juan Negrín embaulándose el segundo tubo entero de aspirinas, porque los tomaba de dos en dos.
Añade entonces Prieto, en una formidable prosa mexicana, que las costumbres pantagruélicas de Negrín no se limitaban al ácido acetilsalicílico, sino a la comida, la bebida y las señoras.
Que cenaba hasta tres veces, que bebía las botellas de dos en dos preferentemente champaña pero sin olvidar el vino- y que prefería acostarse con las mujeres también a pares.
Hay rumores, sin embargo, de que la más famosa de sus amantes la compartió con uno de sus hijos. Es el rasgo de generosidad más evidente de su vida pública.
Dice Prieto, y esto ya puede ser maledicencia, que, por comer y beber sin tasa, era capaz de vomitar al modo de los antiguos romanos, para seguir llenando el buche.
Pero de esto no hay testigos. De lo del oro, lo del POUM y lo de las cajas saqueadas, sobran.
Bien es cierto que muchos historiadores se niegan a ver las pruebas.
De Tuñón de Lara (que en paz descanse) a Tusell y Viñas, es tanto lo que se ha ocultado de Negrín que casi resulta violento descubrir algo de lo tapado. No importa. Si aceptamos como nuestros a todos, los buenos y los malos, aceptaremos también lo malo de todos, también de Negrín, como cosa nuestra. Que, en cierto modo, lo es.
Porque el que Negrín llegara al poder, de la mano soviética, es culpa nuestra, de los españoles, que, a las alturas de 1937, seguíamos sin entender la naturaleza de la URSS.
Ni le entendía Azaña, ni la entendía Martínez Barrio, ni la entendía Largo Caballero, ni Prieto, ni Besteiro. En realidad, el único que la entendía era Negrín, y por eso llegó donde llegó.
Casado con una rusa blanca y conocedor, por tanto del sistema soviético, tuvo el gesto asombroso, si no profesional, de pedir al PCE que le escogiera a un secretario, en cuanto lo nombraron ministro de Hacienda.
La cosa es tan fuerte que sólo Santiago Alvarez, en una hagiografía desinformada, es capaz de contarla sin escándalo. Naturalmente, le pusieron al lado a un comisario. Beningo Díaz, que reportaba cuidadosamente a sus jefes lo que hacía el ministro, en todos los sentidos. Pero ésa es la prueba mayor de connivencia de Negrín con los soviéticos, porque era necesario saber lo que era y cómo funcionaba el estalinismo para pedirle al PCE que te nombrara un secretario.
Negrín embaucó a muchos con el cuento de que había que prolongar la guerra hasta que llegara la Guerra Mundial y nos sacaran de penas. Lo que realmente sucedió fue el pacto germano-soviético, que dejó a la República liquidada.
Pero, antes de ese pacto, que mostraba hasta extremos obscenos que nazis y comunistas habían usado a España como simple teatro de sus forcejeos amistosos, porque allá se iban Hitler y Stalin, es seguro que Negrín estaba al tanto de lo que se tramaba y se trataba.
Es seguro que Negrín sabía qué iba a ser de la República y, en consecuencia, de media España.
Dispuso de los fondos robados e los bancos para fundar el SERE, presuntamente para ayudar a los presos y exiliados del campo republicano. En realidad, fue su modo de crear el partido que nunca tuvo, por lo menos español.
Hay secretos que se fueron con Juan Negrín a la tumba, pero, la verdad, no creo que sea una tumba digna de ser visitada. Por si quieren datos que justifiquen algunos adjetivos, les recomiendo el libro de Olaya Morales La gran estafa. Trata de Negrín.

domingo, 13 de enero de 2013

Camelos, mentiras y espejismos




Camelos, mentiras y espejismos.-JOSÉ MARÍA CARRASCAL (ABC)
ESE acuerdo entre Mas y Junqueras para constituir Cataluña «como un nuevo Estado dentro del marco de la Unión Europea» es un camelo. 
La UE ya ha advertido que, por lo pronto, tendrá que salir de ella. 
Luego, veremos. 
Pero la admisión de nuevos miembros requiere la unanimidad de los existentes, como todo el mundo sabe.
En cuanto a la ONU, la Resolución 1514 (XV), aprobada por su Asamblea General el 14 de diciembre de 1960, establece claramente que el derecho a la autodeterminación se limita a los pueblos coloniales. 
Los demás pueblos ya se autodeterminan en las elecciones que celebran periódicamente sus respectivos países.
Es más, en su apartado sexto, dicha resolución precisa: «Todo intento de destruir o romper parcial o totalmente la integridad territorial de un país es incompatible con los principios de la Carta de Naciones Unidas».
Para remachar en el apartado séptimo lo del respeto a «la integridad territorial». O sea, con su proclamación, Mas y Junqueras, o Junqueras y Más pues no se sabe quién es el que manda, se están metiendo en un callejón de salida muy problemática, o bien están mintiendo descaradamente a su propio pueblo, al que han cegado con el espejismo de la independencia, alivio de todos sus males.
Claro que, para ellos, se trata de un espejismo muy rentable, ya que les pondría al frente de un Estado, con todas las sinecuras que ello trae consigo.
Pero incluso si se llegase a eso, algo que debemos descartar a no ser que España quiera suicidarse, el proyecto de esos dos «estadistas» catalanes no iba a ser una bendición para Cataluña. Podría ser muy bien su fin. 
Extender el principio de la autodeterminación a todos los grupos humanos supondría, en efecto, dar a los catalanes que viven hoy en el Estado español el derecho a separarse de España. 
Pero el mismo tiempo, concedería a los españoles que vivieran en ese nuevo Estado catalán (incluidos los catalanes que se sienten españoles) el derecho a exigir un Estado propio en la proporción territorial que les correspondiese o bien a unirlo a España.
Un lío mayor que llevaría a la división del nuevo Estado, al enfrentamiento de sus ciudadanos o, peor aún, al sometimiento de la minoría, cualquier que fuere y aún por determinar.
Pues todo lo ocurrido en Cataluña, no ya recientemente, sino a lo largo de su historia, ha sido jugar al Monopoly, con calles, plazas, edificios y dinero ficticios.
Pero se acabaron las mentiras históricas, las falsas pretensiones, las quejas de Pujol y los equívocos de Durán. 
Mas y Junqueras han empezado a jugar con dinero de verdad. No sabemos si lo hacen por estar seguros de sus cartas o tan desesperados que buscan el choque frontal como forma de escapar del lío en que se han metido.Pero hay que estar preparados para todo ya que pocas cosas hay más impredecibles que un adolescente enamorado, un borracho al volante o un nacionalista sin salida